2 de octubre de 2007

No puedo evitarlo. El autobús, el metro, las prisas, los gritos, la gente nerviosa en colas que van a ninguna parte. El mendigo de los martes por la mañana me saluda. Un día de estos le invitaré a un café, sí, a un café bien cargado. Bostezo mientras le miro, de memoria. Sonrío. La nena piensa que es para ella la sonrisa y me la devuelve. Quizá si era para ella, por qué no. El conductor del autobús da un frenazo y una señora mayor, casi vieja, se queja de la juventud de hoy. No pienso moverme de mi sitio, no, hoy no. Otra viejita entra y entonces sí me levanto. Ella no quiere sentarse pero insisto y me lo agradece. La otra vieja se calla y me mira resentida. Yo sonrío.

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