26 de septiembre de 2007

No me gustan los hoteles de la muerte.

De verdad, no los soporto, me dan grima. Me dan grima las palabras vacías, me da grima hablar de banalidades delante de carcasas vacías que alguna vez contuvieron una vida entera. Me da grima el olor a flores agrias, el gesto fingido, los pésames obligados.

Y sobre todo me da muchísima tristeza. Una tristeza que se cuela por los rincones, en cada paso, que se pega al alma aunque el muerto no te toque demasiado cerca.

Al menos había rosas en la corona del muerto. Qué irónico es todo.

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